Vivía junto al mar y pasaba las tardes cosiendo junto a la ventana,
con la brisa moviendo los hilos sobre la mesa.
Le encantaban las tortugas.
Decía que se parecían a su forma de coser:
avanzan despacio, pero con propósito.
Cada puntada, como cada paso, lleva su tiempo.
Siempre imaginaba que el caparazón de una tortuga
era como un botón cosido sobre su propio cuerpo —
un símbolo de paciencia, constancia y equilibrio.
Le habían enseñado que un botón se cosía con doce puntadas,
pero ella siempre daba una más.
“Para afianzar”, decía sonriendo.
Esa mujer era nuestra abuela.
Y para recordarla, nació Doze+1.
Una marca que avanza con calma,
que cose sus pasos con intención
y que cree que la suerte no se espera…
se trabaja.
